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5 heridas emocionales de la infancia que condicionan nuestra vida

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   Gran parte de los problemas psicológicos que arrastramos durante nuestra vida tiene su origen en la infancia. Nuestra personalidad y nuestra actitud ante las distintas circunstancias de la vida están muy influenciadas por las vivencias que tuvimos durante nuestros primeros años de vida. Cuando, por algún motivo, algunas de estas experiencias infantiles fueron traumáticas y nos generaron un intenso sufrimiento, es muy probable que su influjo haya pervivido incluso hasta nuestra adultez. Así, ante determinadas circunstancias de tensión, nos sorprendemos porque reaccionamos de modo infantil y no somos capaces de dar una respuesta más acorde a nuestra edad. Es, en esos momentos de crisis, cuando nuestro niño rechazado, abandonado, humillado, traicionado o tratado de modo injusto sale a la superficie y nos deja en evidencia. Por tanto, es habitual que las heridas emocionales del niño que fuimos y que pervive en nuestro interior condicionen nuestro presente y amenacen por determinar nuestro futuro.

   Con mucha frecuencia, estas heridas emocionales de la infancia tienen que ver con el tipo de relación que tuvimos con nuestros padres u otros cuidadores de los que dependimos nuestros primeros años. Esto es lo que se llama el apego, es decir, el vínculo emocional que el niño establece con los padres o los cuidadores relevantes, y que le aporta la protección y la seguridad necesarias para crecer con un buen desarrollo psicológico.

   Cuando nuestro patrón de apego en la infancia fue seguro porque el vínculo establecido por los padres fue de protección y aceptación incondicional, es muy probable que hayamos crecido con una buena salud emocional y seamos capaces de entablar relaciones maduras con otras personas.

   En cambio, si nuestros progenitores actuaron de manera sobreprotectora, negligente, evitativa o desorganizada en su vínculo afectivo, es muy posible que, ya como adultos, seamos víctimas de un cierto desequilibrio emocional y tengamos serias dificultades para establecer relaciones sanas con otras personas. Haber crecido en una familia disfuncional suele dejar secuelas en el plano afectivo.

   En cualquier caso, tanto las carencias afectivas como las dificultades para relacionarnos se pueden superar. Pero, para poder cambiar nuestro carácter o algún aspecto de nuestra personalidad que no nos gusta, es necesario primero ser consciente de esas viejas heridas emocionales que aún nos siguen influyendo.

Heridas de la infancia que todavía duelen cuando somos adultos

# 1.- El rechazo

   La percepción que tenemos de nosotros mismos está muy influenciada por cómo nos vieron nuestros padres en la infancia. El ser humano aprende a tratarse a sí mismo como fue tratado en los primeros años de vida. Así, si un niño percibe que es rechazado o no deseado por alguno de sus progenitores u otro de los cuidadores influyentes, pensará que no es digno de ser querido y amado. Por tanto, crecerá con una autoestima muy baja. Se infravalorará con frecuencia y será víctima de un gran miedo al fracaso, por lo que buscará continuamente la aprobación de los demás.

   Si un niño se ha sentido rechazado por sus padres, es muy probable que tienda al aislamiento y que adopte una actitud huidiza. Porque la reacción básica de una persona que se siente rechazada es huir. Un niño que ha sufrido la herida emocional del rechazo suele crearse un mundo imaginario, de modo que se pasa gran parte de su tiempo en “la luna”. Es probable que se encuentre más a gusto jugando solo e inventándose historias. Esa es su manera de huir de la realidad. En general, aquellos que se han sentido rechazados en la infancia suelen tener pocos amigos en el colegio y lo mismo les sucede más tarde en los trabajos. Se sienten más cómodos en soledad.

   Ya de mayores, las personas huidizas tienden a no apegarse a las cosas materiales, porque éstas les podrían atar y les impedirían huir en un momento dado. De igual modo, les cuesta mucho comprometerse afectivamente con otra persona por su tendencia a la huida y por su miedo a volver a ser rechazado. A menudo, salen ‘corriendo’ de una relación cuando alguien les ama porque se sienten asfixiados. A causa del rechazo sufrido en la infancia, no se sienten merecedores del amor. Así que, cuando alguien les ama, no creen que esto pueda ser así y pueden llegar incluso a sabotear la relación.

   Los huidizos no son personas materialistas, sino que suelen sentirse atraídos por el mundo espiritual y cultivan aficiones intelectuales como la lectura, por ejemplo.

   La persona con la herida emocional del rechazo durante la infancia se infravalora y descalifica a sí mismo hasta tal punto que se anula. Para compensar esta baja autoestima, busca a toda costa ser perfecto en todo lo que hace para lograr el reconocimiento de los demás, en especial de su familia. Este perfeccionismo esconde un gran temor a cometer algún error. Siente que si se equivoca será criticado y juzgado por ello, lo que para él se equipara a ser rechazado nuevamente. Como se cree muy imperfecto, trata de compensarlo persiguiendo la perfección de todo lo que hace. Confunde, por tanto, el “ser” con el “hacer”.

   Su tendencia al perfeccionismo puede ser tan obsesiva, que a menudo cualquier tarea le puede llevar demasiado tiempo, lo que termina por bloquearle. Tiene auténtico pánico a fallar, a equivocarse, por lo que al final se paraliza.

   La herida emocional del rechazo es tan intensa y profunda que las personas que la han sentido pueden acumular un gran rencor, sobre todo, hacia sus progenitores, aunque no lo reconozcan.

# 2.- El abandono

   No son pocas las personas que han sentido la herida emocional del abandono en su infancia. Este sentimiento puede haber sido provocado por diversas circunstancias vitales:

  • Porque su madre se haya encontrado ocupada muy pronto por la llegada de un nuevo bebé que reclama sus atenciones y le ‘roba’ su cariño. Este sentimiento de abandono se intensificará si el nuevo bebé necesita más cuidados de lo habitual porque sufre alguna enfermedad grave o crónica, o bien padece una discapacidad física o intelectual.
  • Sus padres realizan trabajos muy absorbentes y tienen muy poco tiempo para él.
  • Si sus padres lo dejan con alguien durante las vacaciones siendo muy pequeño.
  • Uno de los progenitores está siempre muy enfermo y el otro está demasiado ocupado o ausente.
  • Siendo un niño muy pequeño tuvo que ser internado en el hospital a causa de una enfermedad y tuvo que pasar allí mucho tiempo separado de sus padres.

297-infancia-heridas-emocionales   Los niños pequeños necesitan un contacto permanente con sus padres o cuidadores influyentes para crecer psicológicamente sanos. Si estas personas han estado casi siempre ausentes, o al menos emocionalmente ausentes, por los motivos que fueran durante gran parte de la infancia del niño, éste percibirá que no tiene un referente en quien apoyarse y se sentirá perdido e incomunicado.

   Las personas que han sentido profundamente la herida del abandono en su infancia suelen ser muy inseguras, de manera que buscan denodadamente un apoyo que les ayude a tomar decisiones. Como no confían en sí mismas, es frecuente que desarrollen una dependencia emocional respecto de otra persona.

   Alguien que se ha sentido abandonado en la infancia es, por tanto, probable que se convierta en un dependiente emocional cuando sea una persona adulta. Como le cuesta mucho tomar una decisión en su vida, antes de hacerlo, necesita tener la aprobación de otras personas, porque tiene que sentirse apoyado.

   Asimismo, una persona con una dependencia emocional es muy fácil que termine cayendo en ‘las garras’ de una persona manipuladora, de manera que ambas se vean atrapadas en una relación insana de codependencia afectiva.

   Asimismo, el dependiente emocional es muy propenso a adoptar el papel de víctima. Según el psicólogo Stephen Karpman, los tres comportamientos típicos en las relaciones interpersonales de codependencia son el de salvador, el de víctima y el de perseguidor. Aquel que se sintió abandonado en la infancia es frecuente que se comporte como una víctima en sus relaciones con otras personas con el objetivo último de llamar su atención y lograr su apoyo. Porque una víctima tiene una especial ‘habilidad’ para complicarse la vida y meterse en dificultades. Sin embargo, en vez de buscar solución a los problemas, suelen adoptar una posición pasiva mientras maldicen su mala ‘suerte’. Una víctima siempre necesitará que otra persona que adopte el papel de salvador le solucione su vida y le socorra.

   Además, la persona dependiente suele dramatizar en exceso cualquier contrariedad que, bajo su punto de vista, adquiere dimensiones colosales. Para estas personas, sentirse abandonada es mucho más doloroso que pasar por los múltiples infortunios que ‘atrae’ a su vida. Porque el miedo fundamental de la persona que se ha sentido abandonada en la infancia es a la soledad.

   Aunque puede parecer paradójico, las personas con dependencia emocional desempeñan también en ciertos momentos el papel de salvador. Así, pueden comportarse como un padre para sus hermanos pequeños o intentan salvar a las personas que aman. Pero el fin último de estas acciones es conseguir la atención de los demás y permanecer a salvo de su mayor enemigo: el miedo a la soledad y a un nuevo abandono.

   La persona dependiente no suele tener mucha iniciativa y, en ocasiones, puede llegar a parecer holgazana porque le cuesta mucho empezar solo alguna actividad o trabajo. En realidad, es habitual que necesite la presencia de otras personas para sentirse respaldado en lo que hace.

   A aquellos que han sufrido el abandono en la infancia les resulta muy difícil adaptarse a las nuevas situaciones. Así, por ejemplo, les cuesta mucho cambiar de trabajo, mudarse de una casa o ir a vivir a otra ciudad.

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   En sus relaciones afectivas, tienen pánico a ser nuevamente abandonados como en su infancia, de manera que se aferran a su pareja y se sienten incapaces de romper una relación, aunque llegase a ser muy destructiva.

   Asimismo, no es infrecuente que la persona dependiente no quiera tener hijos bajo el pretexto de que no desea perder su ‘independencia’. En realidad, en el caso de que sea el hombre quien depende emocionalmente de su pareja, teme que la llegada de un bebé pondría en riesgo la constante atención que necesita de su mujer. Si la dependiente afectivamente es la mujer, el temor tendrá más que ver con el agobio que supone cumplir las obligaciones que implican tener un hijo.

   A menudo las personas dependientes lloran cuando hablan de sus problemas. Además, suelen sentirse resentidas por no haber recibido la ayuda de otras personas cercanas en momentos de dificultad personal.

   Casi siempre el lenguaje no verbal dice más sobre una persona que sus propias palabras. En este sentido, uno de los comportamientos que pueden delatar a un dependiente emocional es su tendencia a asirse a la persona amada. Del mismo modo que es habitual que, en la infancia, la niña se abrace a su padre, y el niño a su madre; el dependiente emocional suele apoyarse en su pareja. Acostumbra a tomarle la mano o toca a su pareja con mucha frecuencia.

   Para compensar su miedo a la soledad y al abandono, el dependiente emocional trata de llamar la atención de los demás. Una forma poderosa de atraer la atención de otros es participar en la vida pública. Así, muchos artistas, actores, cantantes, famosos, comediantes e incluso políticos sintieron la herida del abandono en la infancia, de manera que necesitan sentirse rodeados por una amplia audiencia para compensar sus carencias emocionales.

# 3.- La humillación

   Una humillación es ya muy difícil de soportar para un adulto; si quien la sufre es un niño, puede marcarle de por vida. La herida emocional de la humillación tiene lugar cuando un niño percibe que uno de sus padres se avergüenza de él por algún determinado suceso:

  • Porque el niño ha hecho una gran trastada. Jugando a la pelota en casa ha roto la vitrina del salón. Su padre se enfada mucho, le baja los pantalones en presencia de otros niños para darle varios azotes y le grita: “Eres muy malo, de la misma piel del diablo”.
  • Porque se ha hecho pis en la cama y su madre le recrimina: “Eres un guarro. Me vas a matar a disgustos”. Además, esa misma tarde, la madre se lo contó a algunas otras madres de sus compañeros de clase en la escuela.
  • Cuando, por ejemplo, una mamá sorprende a su hijo preadolescente masturbándose y le chilla: “¿No te da vergüenza hacer eso? Eres un cochino”. Además de sentirse humillado, el niño interiorizará que debe avergonzarse de su propio cuerpo y que el sexo es algo sucio, por lo que es probable que en el futuro tenga que afrontar algún trauma en el ámbito sexual.

   Para evitar que un niño quede marcado por la herida emocional de la humillación, es muy importante que sus padres, educadores o profesores no les califiquen como malos, torpes, imbéciles, guarros. Es mucho más educativo y a la vez efectivo decirle a un niño que ha hecho una cosa mal a increparle que él, en sí mismo, es malo. O que se ha equivocado a tacharle de estúpido.

   Asimismo, es preferible regañar a un niño de forma privada que pregonar su mal comportamiento a los cuatro vientos. Estas actitudes de los ‘educadores’ son sumamente destructivas para la autoestima de los niños. Porque, de tanto repetírselo, el niño creerá que efectivamente es malo o estúpido, se comportará como tal y se avergonzará de sí mismo (“me odio” será uno de sus pensamientos recurrentes).

   La persona que se ha sentido humillada en la infancia, a menudo, desarrolla una actitud masoquista en su adultez, es decir, que encuentra satisfacción, e incluso placer, en el sufrimiento. Aun cuando lo haga de manera inconsciente, busca humillarse y castigarse antes de que otra persona le pueda dañar. De hecho, es frecuente que alguien que tiene la herida de la humillación desde la infancia rememore, en reuniones familiares o de amigos, algunas cosas vergonzosas que hicieron cuando eran niños. Así, ser objeto de las risas de los demás es una manera de rebajarse y revivir la humillación.

   Por otra parte, es frecuente que la persona masoquista se preocupe mucho por hacer todo por los demás y cuidarles. Sin embargo, este sentido del deber se explica más por su inclinación a castigarse y a imponerse obligaciones. Así, por ejemplo, es habitual escuchar a muchas mujeres con personalidad masoquista que están hartas de haberse convertido en la sirvienta de todos en su casa. Pero ellas mismas son en muchas ocasiones quienes perpetúan ciertas situaciones de desigualdad y se crean la obligación de atender y sobreproteger de manera insana a los hijos. Porque la persona masoquista, hombre o mujer, tiene la costumbre de asumir responsabilidades que no le corresponden y sentirse culpable si no puede cumplir con ellas.

   Sucede, incluso, que si alguna persona muy cercana se siente triste y desdichada, la persona masoquista se llega a sentir responsable de la infelicidad de ese familiar o amigo. Está demasiado atenta a los cambios del estado de ánimo de los demás. Sin embargo, desatiende por completo sus propias necesidades.

   Con el objetivo de evitar pasar vergüenza a los hijos o a su pareja, la persona masoquista tiende a ser muy controladora: trata de controlar la apariencia, la educación, el comportamiento y la forma en que viste su familia y ella misma.

   Si la persona con la herida de la humillación en la infancia se ha sentido rebajada en muchas ocasiones, de mayor puede llegar a convertirse, como mecanismo de defensa, en un individuo tiránico. La tendencia al control se acentúa y se llega al despotismo e incluso a la predisposición a humillar a otros.

   Por otra, una de las mayores limitaciones que se autoimponen las personas masoquistas es a expresar libremente lo que quieren y lo que necesitan. Se reprimen por la vergüenza de qué pensarán de ellos o por el miedo a avergonzar a otra persona.

# 4.- La traición

   Esta herida brota en la infancia cuando un niño se ha sentido traicionado por uno de sus padres. Como consecuencia inmediata, el niño pierde la confianza en sus progenitores, de los que es muy probable que tuviera unas expectativas muy elevadas y no se han visto satisfechas. El sentirse engañado es un sentimiento muy habitual en los pequeños porque también es frecuente que los padres hagan promesas a sus hijos que luego olviden cumplir o no puedan mantener.

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   La herida emocional de la traición en la infancia también puede tener su origen en una traición o en un engaño de uno de los progenitores al otro. El niño siente entonces la traición como si la hubiera sufrido él mismo en primera persona.

   Sea por la experiencia de traición que fuere, el niño percibe que no se puede fiar de nadie. La decepción le lleva a no confiar.

   La persona que ha sufrido la herida emocional de la traición en la infancia es muy probable que desarrolle la tendencia a controlar a los demás para protegerse del engaño.

   A diferencia del masoquista que controla para evitar sentir vergüenza o para no avergonzar a los demás, aquella persona que ha sentido la traición se vuelve controladora para asegurarse de que los demás mantendrán sus compromisos. Asimismo, también ejercerá el control para garantizar que él mismo cumplirá sus compromisos y se comportará de forma fiel y responsable.

   El controlador tiene un carácter fuerte y enérgico. Defiende con vehemencia lo que cree y espera que los demás acepten sus opiniones. Necesita tener el control de la situación y convencer a toda costa a los demás. En cualquier caso, le gusta decir siempre la última palabra.

   Al controlador le ponen nervioso las personas que se explican de manera confusa o muy lentamente. Le exasperan porque la persona controladora suele tener muy poca paciencia.

   Suelen ser personas que comen con ansiedad, con gran rapidez, porque consideran que no tienen tiempo que perder.

   Si algo no funciona según sus expectativas, va más lento de lo esperado y, sobre todo, si surge algún imprevisto, el nerviosismo del controlador se puede ir transformando en agresividad. Detesta lo inesperado.

   Cuanto más profunda haya sido la herida de la traición que haya experimentado en su infancia, más deseará tener el control de la situación, prever el futuro y defenderse así de una nueva traición. El controlador, por tanto, quiere adelantarse a los acontecimientos. Le da muchas vueltas a todo en su cabeza. Esta tendencia le impide vivir con plenitud el aquí y el ahora. Así, por ejemplo, mientras trabaja, se ocupará de planificar las próximas vacaciones; y ya en vacaciones, estará pensando sobre los problemas del trabajo. Le resulta casi imposible desconectar.

   Asimismo, para una persona controladora, es muy difícil delegar alguna función en otra persona y confiar en ella.

   Si bien a la persona controladora le cuesta fiarse de los demás, no puede soportar que los demás no confíen en ella. Para el controlador, si alguien no confía en él, siente que esa persona le ha traicionado.

   Le encanta pregonar a los cuatro vientos su gran dedicación al trabajo y lo que es capaz de hacer. Para el controlador, es fundamental que los demás le valoren como persona responsable en la que se debe confiar. Su reputación es un valor muy importante que defenderá por encima de todo. Si alguien dice algo que pone en entredicho su buena fama, se sentirá insultado y puede llegar a mostrarse colérico. El controlador no dudará en mentir para salvaguardar su reputación como persona responsable, cumplidora y fiel. Traicionar a otra persona es tan inaceptable para el controlador que se negara a admitir que lo haya hecho alguna vez en su vida. Así, por ejemplo, si incumple una promesa, se inventará miles de excusas para justificar su comportamiento y evadirse de la realidad.

   A las personas controladoras les encanta organizar la vida a los demás, en especial de sus hijos y pareja. A menudo confunde ayudar con controlar. No suele preguntar a los demás lo que en realidad necesitan, le gusta más decidir directamente por ellos. Él ‘sabe’ lo que les conviene. Cuando se hace cargo de los problemas ajenos, siente que los otros son más débiles que él.

   Por su parte, el controlador rara vez se mostrará necesitado, ni pedirá ayuda ni admitirá sus problemas. Prefiere mostrarse fuerte en toda ocasión por miedo a que alguien aproveche su vulnerabilidad para traicionarle y hacerle daño.

   La persona controladora no puede admitir la ruptura de un compromiso, ya sea material o afectivo. Esto explica que, por ejemplo, a este tipo de personas le resulte muy complicado separarse de su pareja cuando se acaba el amor. Como el controlador no puede aceptar que la idea de la separación provenga de él, porque estaría traicionando su palabra, se las ingenia para provocar que sea su pareja quien tome la decisión de la separación en último término. Así la persona controladora no será acusada de traición, mientras que su pareja será ‘oficialmente’ para la familia y los amigos la ‘traidora’.

# 5.- La injusticia

   Cuando alguien no se ha sentido valorado o respetado en su infancia, queda lastimado por la herida emocional de la injusticia. Esto significa que la persona cree que no ha recibido lo que se merecía, pero también a veces este desgarro se puede producir cuando la persona cree haber recibido mucho más de lo que se merecía. Por tanto, la herida de la injusticia puede ser causada por progenitores o cuidadores influyentes que tratan con desigualdad a los hijos, que son muy fríos, autoritarios o excesivamente exigentes con alguno de ellos. Pero también puede ser provocada si un hijo cree que se le han dado muchas más cosas materiales que a los otros.

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   La reacción más habitual ante una situación injusta que no podemos cambiar, sobre todo si sucede en la infancia, es distanciarse de nuestros sentimientos con el objetivo de proteger nuestra conciencia. De este modo, alguien que haya sufrido la herida emocional de la injusticia en la infancia tenderá a cortar por lo sano sus sentimientos y se volverá una persona rígida.

   Aunque parezcan fríos, aquellos que tienen un carácter severo son en realidad bastante sensibles, pero reprimen sus sentimientos de cara al exterior.

   Es frecuente que las personas rígidas mantengan una relación bastante correcta con sus progenitores, incluso en la adolescencia, pero que esa relación sea muy superficial, de manera que nunca les hayan expresado lo que realmente sentían.

   Si nos fijamos en la comunicación no verbal, son personas proclives a protegerse de los demás cruzando los brazos por delante del pecho o que bloquean sus extremidades en posición defensiva. Asimismo, suelen preferir los colores oscuros en su vestimenta y todo aquello que suponga un cierto control de las emociones.

   Quien se caracteriza por la rigidez tenderá, asimismo, al perfeccionismo porque sus objetivos serán la exactitud y la justicia. Cree que si consigue ser perfecto en lo que hace o dice, logrará, por consiguiente, ser justo. No puede comprender que si se aplica a rajatabla una norma se puede ser, paradójicamente, muy injusto con alguien.

   La persona rígida suele tener una concepción muy maniquea de la vida porque para ella tener muy claro qué es lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto es de suma importancia. Suele expresarse en términos como “siempre”, “nunca”, “esto está bien”, “esto está mal”.

   Si los padres han sido demasiado estrictos y exigentes, de forma que nunca valoraban a su hijo por sí mismo, éste ya de mayor estará convencido de que solo se le puede apreciar por lo que hace o consigue, pero no por lo que es.

   Como tiene como valor más preciado la justicia, siempre procura ser merecedor de lo que recibe. El mérito es fundamental en su concepción de la vida. Si logra algo sin haberse esforzado demasiado, cree no merecerlo y se las ingenia, de manera no consciente, para perderlo. Porque una de las características de las personas rígidas más difíciles de comprender por aquellos que no han sufrido la herida de la injusticia en la infancia es que, a veces, les pueda parecer más injusto ser beneficiados por la suerte que ser desfavorecidos por ella.

   Asimismo, quien ha padecido la herida emocional de la injusticia en la infancia es más proclive a sentir envidia de quienes más reciben en la vida y, a su juicio, no lo merecen por su poco esfuerzo.

   Dado que el mérito es tan importante para la persona rígida, se exige demasiado y quiere hacerlo todo perfecto, lo que puede llevarle a tener problemas con la falta de tiempo. No se permite mucho tiempo para descansar, ya que desearía resolver todos los problemas enseguida. De hecho, se puede llegar a sentir muy mal si no está realizando alguna actividad mientras otra persona trabaja.

   Como su autoexigencia es muy alta, aquellos que tienen un carácter rígido no suelen respetar sus propios límites físicos y psicológicos. A veces, tienen incluso dificultades para reconocerlos.

   Por tanto, la persona con la herida emocional de la injusticia se trata, en realidad, bastante injustamente a sí misma, pues tiende a controlarse y tiene la curiosa habilidad de crearse demasiadas obligaciones. Además, ni siquiera se cuestiona si esas obligaciones responden a lo que realmente necesita y desea hacer.

   Es más: el rígido detesta pedir ayuda. Prefiere hacer todo solo porque quiere que el resultado sea perfecto.

   Por otra parte, aquellos que tienen una personalidad rígida les gusta que todo esté ordenado, lo que puede terminar derivando en una obsesión.

   Pese a que prefiera hacer las cosas por su cuenta, la persona rígida tiene un gran miedo a equivocarse, por eso tiene esa pulsión por el perfeccionismo y se exige tanto en todos los ámbitos de su vida. Esto le genera una gran tensión emocional porque trata de imponer la perfección en todo. Y como eso es imposible, se aboca al sufrimiento.

Basado en el libro Las cinco heridas que impiden ser uno mismo de LISE BOURBEAU, publicado por la editorial OB STARE.

Fuente: http://www.cuidatusaludemocional.com/

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